Hace un tiempo, me tocó ir a una sala de emergencia de Miami con una amiga que sufrió una caída. Mientras esperaba en la sala, observé a una señora. Me pareció, no conocida, pero sí… familiar.
La señora no tendría más de 40 años, pero estaba recostada contra una pared, como desvanecida. Tenía puesto un chal de lana azul y abría y cerraba los ojos como si se fuera a morir. Un señor que estaba cerca le puso conversación y la doña empezó a lamentarse y a quejarse de que se le había lastimado el ciático por hacer una fuerza en su casa.
En un mar de cubanos, colombianos, argentinos y venezolanos, su acento boricua era inconfundible.
Abuelas artríticas, abuelos diabéticos, tías con tiroide, tíos neuropáticos, primas alérgicas, primos asmáticos, vecinas con gota, vecinos con próstata, conocidos con fibromialgia, lecheros con sinusitis, jardineros con IBS… Mi bonita juventud transcurrió en un delirante carrusel de enfermedades, achaques, condiciones, quejas, diagnósticos y sus tratamientos.
La gente se enferma… padece… es normal.
Además, los viejos se quejan. Eso se sabe.
Pero cuando comencé a notar que las enfermedades que generalmente azotan a los ancianos parecían afectar también a sus hijos y hasta a sus nietos, me di cuenta de que esta “hipocondría puertorriqueña” es una condición que va más allá.
Descartando una condición médica real…¿es normal que Fulanito Pérez, de 19 años, se queje de migrañas constantes? ¿Que cuando más tranquilo esté, le rompa a doler el estómago? ¿Que llegue a casa de su novia oliendo a Ben Gay? ¿Que prefiera chuparse una Halls a mascar Dentyne?
¿Es normal que Menganita García, de 25 años, ande quejándose de la espalda? ¿Que no pueda acostarse a dormir sin embadurnarse de Icy Hot, o empepándose de Norflex, Benadryl o Tylenol PM?
¿Es lógico que Perensejita Fuentes, de 55 años, ya se proyecte como su madre, que murió de 78, con una colostomía y alzheimer’s?¿Que empiece a comprar tumbas o a reservar cupo en algún hospicio?
Tal vez, existen varios factores para que en Puerto Rico, muchos jóvenes se sientan (y se expresen) como viejos. Tal vez tiene que ver con que en nuestra sociedad isleña los ancianos y los enfermos son responsabilidad de los hijos, nietos y parientes. Por ende, desde una temprana edad, muchos jóvenes son expuestos a las oficinas de los cardiólogos, fisiatras, internistas, oncólogos, gastroeneterólogos y reumatólogos. Una vez allí, les toca escuchar la letanía de quejas de los pacientes en las salas de espera. Con el tiempo, esta cátedra mensual, (o hasta semanal), le concederá al joven boricua un conocimiento seudo-enciclopédico de enfermedades, padecimientos y medicinas. En muchos casos, este conocimiento desembocará en una hipocondría crónica.
Puede ser también que, en Puerto Rico, no cuidamos nuestra salud. La obesidad y la fofera son vistas como normales y hasta aceptables; no se fomenta el ejercicio ni la vida activa; la dieta “típica” favorece la carne, la grasa, los almidones y los carbohidratos; y las cadenas de fast-food no sufren el estigma que deberían. Puede ser que la condición física de muchos jóvenes puertorriqueños sí se deteriora a un ritmo más acelerado que en otros países.
Cualquiera que sea la causa, nunca me he enfrentado a un grupo tan elocuente en el lenguaje médico, tan versado en patologías, tan dependiente de antibióticos…
Ni tan oloroso a Vick’s….



Muy divertida la escritura, hasta da deseo de seguir leyendo…..pero no crees que la hipocondria puertorriquena se debe mucho a la soledad, donde se acostumbra a la queja en busqueda de un respuesta o milagrosa solucion.
Por cierto llegue por casualidad navegando en la red…..por que dejo de escribir……..porque dejo de escribir.
Gracias por compartir sus pensamientos y espero encontrarme en otro momento con tan divertidos escritos.
Ahora se ha inventado la idea de asignar turnos por hora en las oficinas médicas de Mayagüez para “prevenir los asaltos” a los pacientes que madrugan para asistir a sus citas. Yo lo que creo es que lo hicieron por evitar las conversaciones sobre los achaques que padecen.
heart pendant approach